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EL PUNTO DEL ARROZ Y LA PASTA “AL DENTE”

NOTA: ESTO FUE ESCRITO HACE MUUUUCHOS AÑOS

De siempre se ha consumido en este país arroz y pasta.  Es decir, no se trata de un producto novedoso de reciente incorporación a nuestro elenco culinario.

 

En todas las regiones de España se ha consumido, a su manera, lo uno y lo otro.

 

Pero hete aquí que debido primero a la emigración interior y posteriormente al mayor poder adquisitivo de los españoles y su consiguiente movilidad geográfica así como a alguna campaña franquista,  se han producido, con el tiempo, algunos fenómenos que paso seguidamente a analizar.

 

La emigración interior supongo que debió causar algún día que una señora de Burgos se casaría con un señor de Creveillente o viceversa.

 

Y el señor de Creveillente (como es obligación de todos aquellos esposos que gozan martirizando a sus cónyuges amas de casa) se debió pasar 30 años amargando la vida a su mujer cada vez que hacía arroz. 

 

Porque, naturalmente, él que era de la tierra del arroz, de la paella, sabía, conocía y podía pontificar acerca del punto exacto del arroz.  Fuera de Valencia, es más, fuera de la zona concreta de Creveillente nadie sabía preparar el arroz y de hecho, dentro del propio Creveillente sólo su madre y su tía Vicenteta sabían conseguir aquel punto indefinible en que ”estando-hecho-no-lo-está-pero-estando-crudo-tampoco”....Ya tenemos un factor.

 

 

Más tarde, primero las clases dirigentes y después la incipiente clase media se dedicaron a viajar, al principio por la Península, más tarde por el Extranjero.

 

Como es propio del viajero actuar como un palurdo y comerse lo que le echen (véase si no lo que servimos en España a los pobrecitos extranjeros) resulta ser que a algún pionero en el turismo interior o exterior cuando viajo a Onteniente por primera vez le servirían un arroz totalmente crudo, ante sus protestas, el camarero, con improvisado desparpajo e ingenio, le diría que es que el arroz se comía así.  Consecuencia, el viajero se puso rojo como un tomate e interpretó que el camarero tenía razón y él no.

 

En otra ocasión, algún pijo, en un viaje a Italia, se encontraría con idéntica experiencia al señor de Onteniente; este ya ni pregunto.  En su calidad de pijo y, por tanto “snob”, interpretó de inmediato que la pasta se comía así... Ya tenemos dos factores.

 

 

Los más viejos del lugar recordarán que durante los últimos tiempos del franquismo, bajo los auspicios del inefable Sr.  Fraga y a fin de aprovechar el indudable “chollo” del turismo, se lanzaron diversas campañas de nuestros productos. 

 

Es este el origen de la “beatificación” de la Paella como plato autóctono de una de nuestras regiones y con loor de las bondades de su elaboración y características. 

 

Tras este nefasto día, y tras la propaganda que se hizo de la paella (junto con otras lindezas inexistentes en nuestra cultura como la “sangría”) empezó el calvario de los pobres turistas y que dura hasta nuestros días, están obligados a consumir paella y sangría.  Y lo más triste, seguramente volverán a sus países diciendo que la bazofia que les han servido en aquel chiringuito de playa “es la auténtica paella”. Tercer factor.

 

Explicados algunos de los antecedentes del asunto veamos ahora el escenario actual.

 

Primero plantearé algunas preguntas:

 

¿Por qué razón la paella es una forma de preparar el arroz superior o más sabrosa que cualesquiera otra forma existente en el mundo?.

 

¿Por qué hemos de soportar que cada vez que compartimos mesa y mantel frente a, por ejemplo, un guisado a base de arroz de los que proliferan (o proliferaban) por el interior de la Península, salga algún listillo diciendo: “está bien pero donde se ponga una paella con marisco...”?. 

 

Consecuencia, las miles de maneras que existían de preparar el arroz en España van, poco a poco, desapareciendo en favor de una preparación “estandarizada”.

 

¿Por qué motivo el “punto” del arroz no puede quedar al libre albedrío del gusto personal y es apotegma de obligada observancia y cumplimiento so pena de considerar, a quien no lo respetare, como un inculto palurdo?.

 

¿Por qué hemos de renunciar a los sabrosos macarrones que preparaban nuestras madres en favor de otras preparaciones, también apreciables, pero distintas? ¿por qué unas son “de mejor derecho” que las otras?.

 

¿Alguien tiene una explicación razonable acerca de por qué alguna gente hierve la pasta en abundante agua, con un trozo de mantequilla, especies variadas, laurel etc. y después pone esa pasta bajo el grifo y la lava con lo que toda la “sustancia” que se ha añadido al agua que la ha hervido desaparece?.

 

Retomemos el escenario.  Hoy en día es anatema y está prohibido de modo absoluto protestar sobre la falta de cocción de la pasta y el arroz.  Como se te ocurra decir que la pasta está cruda o al arroz le faltan 5 minutos por lo menos, ya la has cagado.

 

De forma inmediata algún comensal dirigiéndose hacia ti con gesto de profundo desprecio te dirá ¿es que a ti te gusta comer un “emplasto”?, matizando luego ( condescendientemente), “es que el arroz ( o la pasta si se tercia) se come así”, con lo que deja establecida tu condición de cateto e inculto.

 

Pues bien, considero que, justamente,  el cateto es aquel que careciendo de criterio personal, acepta como dogma incluso lo que no comparte y por el simple motivo de que “le han dicho que es así”, esto aunque se coma una paella a base de perdigones, con arroz “crujiente” y con una digestión criminal.

 

Y es que “hace fino” decir que el arroz ha de comerse crudo o la pasta con sabor a pan.  Lo contrario es propio de palurdos triperos.

 

 

Yo que tengo la inmensa suerte de haber comido en algunos de los mejores Restaurantes del mundo, me niego en redondo a que cuatro “snobs” o “gourmets” de garrafa que no han pasado del ternasco y la mariscada me digan como he de comer el arroz, o dicho de otro modo, que pretendan sustituir mi particular criterio por el suyo (o el de aquel ingenioso camarero de Onteniente).

 

Maticemos, a mi como a cualquiera, me gusta el arroz o la pasta en un punto intermedio.  Ni me gusta un emplasto ni me gustan los perdigones.

 

Ahora bien, la búsqueda de ese punto no puede transformarse en algo esotérico, místico, inalcanzable.  No se trata de una entelequia, de algo indefinible pero al propio tiempo exacto de la búsqueda de un imposible jamás conseguido.

 

Lo que sucede es que, precisamente por lo indefinible, y por la supuesta dificultad de encontrar  el famoso “punto”, cualquiera puede erigirse en “gourmet” de garrafa.  Así hasta los más abyectos triperos pueden dárselas de grandes entendidos no encontrando, jamás, el punto del arroz o “el dente” de la pasta.

 

El calvario que han de sufrir muchas amas de casa con la tontería del punto del arroz o de la pasta sería, sin duda, digno de alguna elegía. 

 

Encima, sufridas como son, en lugar de enviar directamente a la mierda al puntilloso esposo o al enteradillo de turno, se culpabilizan por su impericia o se consuelan diciendo: “claro, es que su madre (la del mamón de turno) era de Bocairente y hacía unas paellas buenísimas...”. o bien “es que desde que fuimos a Italia y probamos lo bien que hacen la pasta no hay forma de encontrarle el punto aquel oye, es dificilísimo...”.

 

Si algo caracteriza a los italianos es lo horteras que son y la cara tan dura que tienen.

 

En cuanto a lo hortera basta con echar un vistazo a como visten o como se arreglan el pelo.

 

En cuanto a su cara dura (para el caso que nos ocupa, ya que podrían llenarse cientos de páginas), solo es preciso examinar la carta de un Restaurante italiano.

 

Aparentemente hay muchos primeros platos pero en realidad solo hay 2 ó 3.  La mayoría es pasta, la misma pasta, solo que una en forma de macarrones, otra en forma de tortellini, otra fusilli, ravioli, fetuccini, panzeroti.  Pero sí, es cierto, es cierto ¡TODO ES LO MISMO con distinta forma!.

 

Para que el timo no sea tan escandaloso, alternan la misma pasta con 2 o tres salsas recurrentes, o queso con tomate, o tomate con queso, o crema de leche con queso y tomate, o tomate solo y así hasta el infinito. Eso sí, orégano que no falte.

 

Pues bien, estos timadores profesionales, pretenden enseñar al resto del mundo como se come la pasta.  O lo que es lo mismo, como se come su particular pan.

 

Porque si el pan, al que me referí en otra ocasión es un producto de nulo valor gastronómico, a la pasta le sucede lo mismo.  La pasta por sí misma es completamente insípida.  Su único secreto (al igual que el pan) es su acompañamiento.

 

Pues bien, sentado lo precedente, hay un experimento sencillísimo de realizar y que establece una regla física incuestionable:  A menor cocción de la pasta menor integración con los elementos que la acompañan.

 

Una pasta excesivamente cruda (aparte de que sabe desagradablemente a pan) produce que cualesquiera aditamento o aderezo que se le añada resbale literalmente sobre ella de forma que los sabores no se mezclan sino que van cada uno por su lado.

 

Probémoslo, pongamos en una fuente pasta semicruda “al dente” y añadámosle lo que queramos imaginar.  El añadido resbalará sobre la pasta y quedará de “coulis” de la misma.  La integración de los sabores de una y otra cosa es inexistente.

 

Otro problema es la guerra entre los fabricantes de pastas.  Gustan estos de jactarse acerca de la poca cocción que necesitan sus productos.  Por tanto, seguir las indicaciones del paquete nos conduce indefectiblemente al consumo crudo de pasta.

 

Cierto es que existe un punto de no retorno un exceso de cocción puede ser también nefasto. 

 

Por lo que estoy abogando es:

 

1.- Caso de no conseguirse el punto idóneo es preferible que tanto la pasta como el arroz pequen de exceso que de defecto de cocción.

 

2.- Existe un buen margen de tolerancia.  Es decir el famoso punto no es un punto sino una franja dentro de la cual es más que aceptable el producto final.

 

Y es que, no nos engañemos, ante el afán de “snobismo” de la clase media, y para aparentar un saber culinario del que se carece, se mitifican 2 tipos de preparaciones (buscando los famosos puntos inexistentes) que no solo admiten infinidad de variedades sino que tampoco suponen ninguna cosa especial.

 

Quiero decir que ni la paella ni la pasta son grandes platos de cocina.  Al revés, son preparaciones bastante toscas y chapuceras a las que no vale la pena dedicar tanta literatura ni tanta liturgia estúpida.

 

¡Seamos sinceros, no nos dejemos llevar por la estulticia general!.  Huyamos de los arroces y las pastas crudas que, además de horribles gastronómicamente, son de dificilísima digestión (todo el mundo conoce aquella tortura china de hacer comer a un pobre diablo arroz crudo y luego darle agua en abundancia; pues eso).

 

 

En esto, como en todo, lo que se necesita es criterio personal sea acorde o no con lo que el uso social impone.  Hay que desenmascarar a estos falsos “gourmets” que hablan de oídas y reivindicar, sin rubor alguno, las preparaciones originales y sabrosas que, al fin y al cabo, tanto derecho tienen los italianos o los valencianos a saber preparar pasta o arroz como cualquier otro ciudadano del mundo y por mi pueden meterse sus famosos “puntos” y “dentes”, por el culo.

EL PUTO PAN

NOTA: ESTO FUE ESCRITO HACE MUUUUCHOS AÑOS

Desde hace ya unos años los medios de comunicación nos vienen informando y alertando acerca del peligro de distintas sustancias cuyo uso continuado o fuera de control origina la adicción.

 

La adicción es la necesidad irreprimible de consumir una determinada sustancia en cantidades inadecuadas sin necesidad de que dicha sustancia sea ni tóxica ni dopante.

 

Por ejemplo, es conocida la adicción al chocolate (el de comer) que evidentemente no es ni una droga ni es tóxico y que, sin embargo, origina grandes problemas a quienes la padecen.

 

 

Sentado lo precedente, necesario preámbulo para calmar los furores de los “fanático-conversos” a los que seguidamente me referiré, considero que no se ha prestado la necesaria atención, es más, creo que jamás he oído referencia alguna,  a una de las más ominosas y patéticas adicciones (en especial en nuestras latitudes); el consumo compulsivo de pan.

 

¿Alguien cree que exagero?.  Recomiendo que se pasee algún domingo sobre las 15 horas (hora de cierre habitual) por alguna Panadería o punto de suministro análogo para drogadictos.

 

Allí tendrá ocasión de observar el gesto de consternación y horror de quienes llegan tarde a dicho establecimiento y su marcha precipitada, perdida la mirada y prieto el culo y los dientes, hacia otros destinos en los que conseguir su dosis.

 

También se encontrará con quienes con gesto de triunfo y cara de satisfacción han conseguido las   últimas dosis, quizás no del producto que deseaban (la baguete) pero, como mínimo de algún sucedáneo que sirve, cuando menos,  de lenitivo a su síndrome de abstinencia.

 

Los que no lo hayan conseguido iniciarán, al igual que los drogadictos que no encuentran a su camello habitual, un singular periplo. 

 

Primero acudirán a los bares más cercanos, suplicando, mendigando, humillándose si fuera preciso, para obtener la droga.  Si esto falla siempre están los vecinos.  Violentarán sus hogares (a la hora de comer incluso) farfullando ininteligibles excusas y confiando en su solidaridad (ya que la mayoría son también adictos).

 

Para obtener su droga, el adicto tolerará cualquier vejamen, el gesto de reprobación del dueño del Bar que le “perdona la vida” y le entrega la sustancia pese a no ser cliente. O la mirada del vecino que le evoca la fábula de la hormiga y la cigarra, cualquier cosa.

 

 

No obtener la droga le supone un drama.  Porque el adicto al pan puede disponer en su casa de los más exquisitos manjares, de las “delicatessen” más codiciadas.  Sin embargo, embrutecido por su vicio, debe acompañar cualesquiera alimento con aquel grosero complemento.

 

¿Alguien se ha puesto a pensar que sucedería si, aunque fuera como un experimento, se eliminase durante 1 ó 2 meses la fabricación de pan?.  La Revolución Francesa sería un juego de niños...

 

El adicto al pan (como todo adicto) no conoce ni la educación ni la mesura. 

 

Así, por ejemplo, es capaz de acudir invitado a un domicilio ajeno y requerir sin pudor alguno a su anfitrión, acerca de si puede servirle pan.

 

¿Que opinaríamos si un invitado nos preguntase si tenemos un Vega Sicilia del 64 y realizase un mal gesto si no disponemos de él?, sin duda pensaríamos que era un mal educado y un hortera. 

 

Pero con el pan es distinto, si nos lo piden y no lo tenemos somos nosotros quienes nos sentiremos mal, quienes nos lamentaremos por el olvido, quienes, incluso, nos excusaremos con el orate. Éste dirá, sin duda, que no le importa, pero su gesto denotará su disgusto y será el vaticinio seguro de una crítica feroz a nuestra invitación.

 

Muchos de los que ironizan acerca de la, desde luego, aberrante costumbre de los americanos de asesinar con “ketchup” cualesquiera alimento, son capaces  (sin rubor ni cargo de conciencia alguno) de acompañar un jamón de jabugo de 145 € el kilo con un mendrugo de pan gomoso. ¿Que diferencia hay?.

 

Esmerarse en la cocina con los adictos al pan es como dar margaritas a los cerdos. ¿De que sirve preparar un glorioso plato con infinidad de matices  y texturas si el capullo de turno se dedica a complementar su bolo alimenticio con trozos de una de las creaciones más simples, insípidas y adulteradas de la cocina?.

 

Porque si el pan en sí mismo ya es un producto grosero, poco elaborado y de escaso valor gastronómico, el pan que puede obtenerse en las panaderías no es más que un amasijo congelado de productos químicos más cercano a la goma de mascar que a la humilde harina de trigo.

 

Pero ¡cuidado!  no quisiera dar pábulo a una de las subespecies más odiosas de los adictos; el “gourmet” del pan.

 

Este género de individuos (parecido al abominable “buscador-del -punto- exacto- en- el- arroz” al que algún día me referiré) es aquel que hace de su adicción una bandera y que al igual que los antiguos catadores de mierda que había en los pueblos (quienes por el sabor de la misma sabían si era adecuada o no para abonar determinado cultivo) pretenden hallar en el repetido subproducto unas cualidades organolépticas de las que lamentablemente carece.

 

Si la vida del adicto normal al pan es un calvario y conlleva servidumbres extremas, ya que no puede viajar a lugares exóticos “en los que no hay pan”, levantarse tarde “porque a lo mejor ya no queda pan”, improvisar sus compras “porque a lo mejor se queda sin pan” etc., la del “gourmet” del pan es absolutamente patética.

 

Porque el pan que consume tiene que ser, precisamente, “de aquella panadería que hacen muy buen pan”.  Sus viajes y sus rutas no las planifica en virtud de encontrar hermosos parajes o gratificantes descubrimientos culinarios, las hace en función de que en tal o cual sitio hay un horno en el que hacen muy buen pan o al revés, tal sitio no le ha gustado porque había muy mal pan...verdaderamente patético.

 

 

No se me entienda mal.  No estoy en contra del pan.  Yo mismo consumo pan.  A veces no puede consumirse una salsa de un plato sin el necesario receptáculo.  Por otra parte, en situaciones de emergencia, un bocadillo puede ser una buena solución.

 

Por otro lado he de reconocer que hay combinaciones gloriosas, un simple trozo de pan con un buen aceite y sal es delicioso, o remojado en “all i oli”.

 

Lo que critico y de lo que abomino, es de la necesidad de tener pan siempre o de la cultura del “bocata” (invento nefasto cuando se desplaza de su ámbito ocasional para convertirse en el alimento cotidiano).

 

Es decir, una cosa es que se consuma pan otra, muy distinta, es que siempre y con todo deba consumirse pan o que, forzosamente deba disponerse de pan en casa.  O sea que sea imprescindible, ahí está la perversión.

 

Como toda adicción, la del pan goza de su propia liturgia y su consumo lleva aparejada la utilización de elementos específicos.  Está “el cuchillo del pan”, “la bolsa del pan”, “el recogedor de migas del pan”, “la canastilla del pan” etc.. 

 

La propia nomenclatura en este asunto produce gran grima.  La gente no dice “ves a buscar pan” sino “ves a buscar El Pan” como si se tratase de algo místico, de algo que forzosamente ha de existir, que se da por supuesto, cuya obviedad en su tenencia y disposición queda fuera de toda duda.

 

Hasta hace muy poco tenía una explicación (que yo creía clara) del por qué de la existencia de esta adicción.  Sin embargo, mi hijo cuando tenía  3 años,  me hizo cambiar de criterio.

 

Yo creía que esta adicción era la herencia de nuestros antepasados.  Éstos, azotados por una época de penuria, miseria y escasez, idealizaron el pan ya que era el alimento básico o complementario para llenar el buche.

 

Así, bien porque no había otra cosa o bien porque los otros alimentos eran escasos, se complementaban con pan.  Luego, mediante una perversión análoga al síndrome de Estocolmo, lo que era necesidad se transformó en deseo y lo que era imposición en voluntad.

 

Esta pasión por el pan (vivida por muchos de nosotros en nuestras propias carnes cuando nos caía una bronca monumental, por ejemplo,  por tirar a la basura cualquier trozo de pan) se habría transmitido a generaciones posteriores con lo que la adicción al pan se habría convertido  en un lastre social.

 

Puede explicarse aún de un modo más simple, la cocina es un estadio superior a la mera alimentación.  La cocina sólo nace cuando se tienen cubiertas las necesidades básicas, entonces puede empezarse a experimentar.

 

De hecho, cocina lo que se dice cocina, no existe hasta apenas hace un siglo ya que si rescatamos recetas medievales o antiguas veremos que constituyen un auténtico atentado al buen gusto y que se basan, únicamente, en la mera acumulación de productos calóricos sin orden ni concierto.

 

En este escenario, en el que lo que se busca es matar el hambre y punto y en el que se identifica el comer bien con el comer abundante, es donde tiene su cabida un subproducto como el pan. Es barato, tosco y fácil de elaborar. ¿Que no tiene apenas sabor?.  Da igual, mata el hambre.

 

 

La pregunta es qué sentido tiene dicho producto en una Sociedad como la nuestra en la que, afortunadamente, la necesidad básica de alimentación está cubierta.

 

Pues eso, pensaba yo, será una herencia del pasado, una costumbre arraigada en nuestros usos sociales.

 

Sin embargo sucede que a mi hijo, sin referentes, salvo los de su entorno más cercano, que como se ve no excesivamente proclive a dicha  adicción, le gustaba el pan (!!) Y, además, le gustaba bastante.(!!)

 

No quisiera lloriquear al respecto y entrar a glosar la consternación que me causaba este hecho (ya se sabe que los hijos tienen la virtud de hacer todo aquello que molesta a los padres), no es este el tema del día.

 

Entonces, la explicación ha de ser otra.  Y la explicación, a mi juicio, es que el ser humano necesita educar todos y cada uno de sus sentidos para desarrollarlos en su plenitud.

 

Es obvio que a los niños pequeños les es muy difícil apreciar preparaciones complejas o sabores elaborados (entre otras cosas porque sus madres tienen la desfachatez de servirles, por ejemplo, un plato de spaguetis simplemente hervidos con un bote de tomate SOLÍS volcado por encima).

 

Los niños suelen gustar de preparaciones simples.  Ello no obsta para que consuman productos con sabores verdaderamente complejos, a condición que contengan un buen número de edulcorantes y “es” variadas.  Esto es porque el paladar humano está mejor preparado para los sabores dulces; le cuesta más hacerse con sabores que tiendan a lo salado, ácido o amargo.

 

Consiguientemente, la adicción al pan no sería una excrecencia cultural sino, pura y llanamente, patrimonio de quienes no han evolucionado desde un punto de vista gastronómico y se han quedado anclados en sabores simples y preparaciones inexistentes.

 

Y de hecho coincide puesto que he observado que a mayor adicción por el pan, menor gusto por la buena cocina.

 

Está claro que los consumidores habituales de “pizzas”, bocatas o “torrades” no pueden considerarse grandes “gourmets”.  Son simplemente toscos “triperos” sin ningún tipo de educación gastronómica.  A estos les gusta el pan.

 

Pero existen también aquellos que se las dan de grandes sibaritas comiendo y que, sin embargo, padecen la adicción, son los mismos que identifican una buena comida con unas costillas a la brasa, un cordero al horno o una mariscada y solo con eso.  (no digo que eso no sean buenas comidas lo que digo es que no solo ese tipo de comida, sin elaboración ninguna, sea buena comida).

 

Son los mismos que abominan de la cocina francesa (eso cuando lo único que han probado de dicha cocina es lo que en una ocasión comieron en un bar de la autopista de Perpignan o que piensan que cocina francesa consiste en cubir cualquier producto con una botella de crema de leche).

 

Son los mismos que se escandalizan porque una comida en “El Bulli” valga lo que vale y luego disfrutan pagando lo mismo o más por una mariscada cuyo único secreto está en introducir un bicho en un puchero o colocarlo sobre una plancha y contar unos minutos.

 

 

En definitiva, el que quiera comer pan que coma pan (también hay pervertidos y los hemos de aguantar), pero, por favor, que ni den el coñazo (es decir que lleven su adicción en silencio, como debe ser), ni nos obsequien con aburridas disertaciones sobre la bondad o maldad de un producto que no merece más de 15 segundos de comentario, ni, sobre todo, se las den de “gourmets”, por ahí si que no paso...

ADULTOS EN PANTALÓN CORTO

Acaba el   verano y con ello la espantosa visión de hombres adultos en pantalón corto e incluso con piratas y bermudas,  en nuestras ciudades y pueblos.

Ante el rechazo y legítima vergüenza ajena que me produce esta “moda” que, como casi todo,  manifiesto públicamente  de forma vehemente, una amiga mía, también vehemente ella, me alegaba que mi rechazo a esta práctica era un síntoma de senilidad prematura al no aceptar semejante abominación.

En una cosa tiene razón, lo de los pantalones cortos en hombres adultos es algo relativamente reciente es decir sería algo “nuevo”.

No entraré a analizar lo erróneo de establecer que todo lo moderno es bueno y lo antiguo es malo, o al revés, esto lo dejo para otro momento (ya avanzo que es una estupidez semejante a considerar lo natural como bueno y lo artificial como malo).

Lo que es obvio es que el asunto del pantalón corto es algo importado ya que por estos lares,  jamás nadie había osado utilizar dicha prenda más allá de los 11 ó 12 años de edad (como debe ser).

Los primeros se vieron con la eclosión del turismo por los años 60. Se ha puesto el acento siempre en las señoras rubicundas, pero nadie se apercibió que, junto a ellas, se colaba en nuestra sociedad, como una enfermedad de incubación lenta, el asunto de los pantalones cortos.

Como en este país, debido a las lamentables circunstancias por todos conocidas, todo lo que venía de fuera nos parecía innovador y democrático, el uso de la ominosa prenda se fue instalando poco a poco entre nuestras gentes, epítome de reciedumbre y virilidad.

Cabe preguntarse si el mito del macho hispano (materializado en aquel labriego que cogía el sombrero de una extranjera encaramándose a un aspa de molino en el anuncio de Soberano) se habría generado si los visitantes se hubiesen encontrado con hombres en pantalón corto y bermuda…

Hay que considerar, en primer lugar, que los “guiris” llevaban pantalón corto cuando venían a España de vacaciones, nunca o casi nunca en sus respectivos países.

En este sentido,  muchos teníamos entonces la percepción de que esa práctica era en realidad humillante para nosotros puesto que implicaba   un estereotipo o un prejuicio como si vamos a México y nos ponemos un sombrero mejicano o al Senegal y nos encasquetamos un salacot.

Debemos dejar claro ya desde ahora que el alegato de que se usa pantalón corto por el asunto del calor o la comodidad es total y absolutamente falso, prueba de ello es que, como antes se mencionó, esta prenda nunca se había usado en occidente, salvo cuando los occidentales viajaban a países remotos y exóticos (como lo era España).

El argumento fácil para defender la prenda es decir que si no se usaba en occidente lo era por cuestiones religiosas o morales (tampoco las señoras usaban bikini) y que, en consecuencia, superada la morigeración propia de otros tiempos,  nada impide que los hombres la utilicen más allá de la pubertad.  Este argumento es falso.

Mientras que es cierto que las mujeres no podían exhibir su cuerpo por cuestiones religioso-morales, en el caso de los hombres era por pura estética.

De siempre se consideró que mientras que el cuerpo de la mujer era bello y deseable,  el del hombre no lo era y que, en consecuencia, su exhibición era innecesaria y desagradable.

Todo esto tiene infinitos matices en los que no quiero entrar, solo apuntaré que en cualquier asunto que remotamente tenga que ver con la sexualidad (y son casi todos) nuestra dependencia de las áreas primitivas de nuestro cerebro, es decir, las que nos ligan a los animales “irracionales”, es infinitamente mayor a lo que pensamos.

Pondré un ejemplo práctico para visualizar la divergencia que existe entre lo que se predica y la realidad. Si una mujer, aunque sea muy poco agraciada físicamente, se pasea por una discoteca “enseñándolo todo” tendrá a su alrededor inmediatamente cientos de “moscones” mientras que si esto lo hace un hombre poco agraciado, se generarán huecos y calvas en la pista aparte de enormes carcajadas.

Cierto, tal vez ello obedezca a cuestiones culturales;  o no,  porque en la naturaleza vemos con inusitada frecuencia situaciones similares…

Me voy por las ramas, lo que verdaderamente me molesta del pantalón corto en hombres adultos es que no se utiliza por comodidad sino que se utiliza como demostración de estado.

Al igual que en el wasap, feisbus, tuiter u otras aberraciones de nuestros tiempos, la gente explica lo que hace, lo que come o donde está y en el caso concreto del wasap define su “estado”, el pantalón corto indica “estoy de vacaciones”, “hoy no trabajo”, estoy en modo “informal”.

Hace tiempo que he amenazado con enviar una foto de mi miembro a todo aquel que ose enviarme una foto de lo que está comiendo por wasap, para que tenga postre…

Me resulta totalmente incomprensible y extremadamente molesto que todo el mundo se empeñe en decir al resto del mundo, lo que son, lo que hacen, de que rollo van o lo que comen o dejan de comer.

He dicho muchas veces (y me reafirmo en ello) que uno de los mayores logros del comunismo chino fue imponer la idea de que todo el mundo debía vestir igual porque distinguirse del resto, era muestra de vanidad y, por supuesto, antirrevolucionario.

Es una idea absolutamente genial desafortunadamente abandonada en aras del consumismo.

A mí, que lo que me gusta es pasar totalmente desapercibido y que detesto llevar cualquier signo o prenda o realizar cualquier acto que revele mis ideas, preferencias o deseos, me fascina sobremanera que la mayoría de la gente haya optado por la impúdica exhibición de su vida.

Albergo serias dudas acerca de si, por ejemplo, los que nos “regalan” wasaps con fotos de sus viajes o comidas (antes se nos martirizaba con los videos caseros) disfrutan más con tales viajes y condumios  o con el hecho de explicarlos a los demás.

El caso de las comidas es paradigmático. Hace algunos años, nadie osaba tocar la comida si antes no se bendecía la mesa, hoy en día la admonición es igualmente severa si no se realizan antes las fotos y consiguientes envíos de las mismas por el wasap.

Visto lo visto casi que prefería lo de la bendición de la mesa, era igualmente estúpido pero más breve.

Pues bien, lo de los pantalones es la misma vaina, el que los lleva expresa un mensaje al mundo, “voy en modo relajado”, “soy un tío casual, cool”.

Y lo expresa de diferentes formas:

En lo que podríamos definir como el paradigma de la gilipollez y que resume lo que quiero expresar, está el que va con pantalones cortos pero  “arregladito”.

El look de pantalón beige, cinturón negro, camiseta de marca y náuticas a mí, particularmente, me hace aflorar los más bajos instintos y pasiones, solo diré que aunque soy un defensor a ultranza de la libertad de venta de armas (esto ya lo comentaré otro día) comprendo que en determinados casos, el deseo de volarle los sesos a más de uno podría convertirse en algo muy real.

O sea, los pijos han de demostrar al mundo que aunque hoy toca ir informal ellos siguen siendo lo que son.

Otro look clásico es el de pantalón-bañador, camiseta de 5 euros con  logo “Cuty Shark” o similar, bambas de mercadillo y barriga peluda asomando entre el pantalón  y la camiseta.

Si bien esta imagen me resulta mucho más agradable que la de los pijos y de hecho sería el único atavío  coherente con unos pantalones cortos, apelo a cuestiones estéticas, es innecesario.

Probad a ir con los tejanos de siempre, calcetín por supuesto,  y calzado cerrado, la diferencia por lo que se refiere a comodidad y temperatura es mínima la que concierne a la dignidad es infinita.

Por último están los que me dan más pena; son los ancianos. Muchos de ellos, seguramente aconsejados (con buena intención, no lo dudo) por sus esposas o hijas han abandonado la austeridad y discreción en el vestir que debiera ser norma general y más en un anciano, para pasearse por nuestras calles mostrando sus piernas blancas y macilentas.

Esto es especialmente cruel, no solo vivimos en una sociedad que discrimina a los ancianos sino que, encima, los hacemos vestirse como payasos, lamentable…

Muchos hombres heterosexuales y casados, se visten conforme sus esposas les indican (yo lo hago ya que mi preocupación por la forma de vestir es nula, insisto abogo por el traje Zhongshan) sin embargo hay que imponer ciertos límites y el del pantalón corto es sin duda uno de ellos…

LA CHARCA

Cabe suponer que hace miles de años,  unos monos  se instalarían junto a una charca en la que disponían de agua,  de más vegetación y alimento que otros y  de animales que iban a  beber a la charca y les servían de alimento.

Como esos monos serían territoriales y temían que otros monos les quitasen la charca, es patente que lo que hicieron fue defenderla e impedir que nadie se acercase a ella, y lo hicieron a hostias si convenía.

Tenemos aquí, sin duda, el origen de la propiedad privada y, si me apuras, el de los países y naciones. En cualquier caso, estamos hablando de capitalismo salvaje, yo tengo y tú no tienes….mala suerte.

Ya se sabe, la legitimación para poseer determinado espacio, si vamos al origen, no es más que eso, yo lo vi primero.

No hace falta extenderse en lo absurdo, injusto y aleatorio de esta legitimación pero en realidad, si vamos al fondo de la cuestión no existe otra.

Pero el ser humano es complejo y dado a elaborar teorías o conceptos generales.

En una entrada anterior hablé del experimento de las gominolas. Pues bien  no hace mucho vi uno no menos sorprendente que demuestra que, de alguna manera, existe una especie de sentido de la “justicia” no solo en humanos sino incluso en primates.

La cosa es simple se toman dos personas una con una suma de dinero (por ejemplo 100 €) y la otra sin nada. El que tiene el dinero puede darle al que no tiene la suma que quiera o incluso nada. Si el que recibe el dinero acepta, entonces se cierra el trato. Si no acepta ambos se quedan sin nada.

Desde la lógica pura,  el que no tiene debería conformarse con cualquier suma porque siempre mejorará su posición. Sin embargo el experimento demuestra que si el que reparte, reparte poco, el que recibe prefiere que pierdan los dos antes que aceptar una suma “injusta”.

Lo curioso es que se ha probado con monos (recompensando de forma diferente a quiénes hacen tareas iguales) y entran en cólera llegando a destrozar las jaulas.

Si aceptamos que de alguna forma existe esta especie de sentido de lo “justo” habremos de coincidir que el que reparte poco  también debe tener ese sentido. Es decir, en el fondo, cuando da 10 euros de 100 ya sabe que no está haciendo lo correcto.

Pero claro, el ser humano es maestro en la justificación de cualquier cosa.

Volviendo a la charca, seguramente con el tiempo pudo elaborarse una religión afirmando que fue Dios quien guió a ese grupo a la charca en lugar de a otro.

O que llegaron a la charca porque eran más hábiles, más constantes, más trabajadores o en definitiva, se lo merecían antes que otros que no tenían charca.

Cambiemos la charca por todo tipo de propiedades, por países o por naciones y las justificaciones por las que se nos ocurran y tendremos legitimación para todo aquello que imaginemos, por disparatado que sea.

La cuestión es que ES TODO MENTIRA, ninguna persona, ningún país, ningún estado, ninguna raza, NADIE tiene derecho a estar en mejor posición económica o social que otra persona país, estado o raza, el origen de todo está en la fuerza bruta y, en consecuencia, es legítimo recuperarlo también por la fuerza bruta.

Ahora en Cataluña existe un debate acerca del independentismo.

Durante décadas se nos machacó, por parte de los nacionalistas, que esas ansias de independencia tenían su origen en un  sentimiento identitario,  en que se quería preservar una cultura, unas tradiciones, es decir, en intangibles. Y la verdad es que pese al descomunal esfuerzo propagandístico y los billones gastados en ello, las cifras de independentistas no variaban sustancialmente.

Sin embargo, el panorama ahora es muy distinto. Lo que realmente ha movido a la gente a abrazar esta idea es la posibilidad de que, si se consigue, puede que en Cataluña se viva mejor.

No voy a dedicarme a analizar si esto es verdad o mentira. La cuestión es que eso es volver a la charca y, en consecuencia, absolutamente indefendible desde determinadas posiciones.

Me explico, es totalmente legítimo (ya hablamos antes lo que significa legitimidad) que alguien defienda la independencia de este o cualquier otro país, que se pida la autodeterminación etc, etc… ahora bien quien esto hace está defendiendo, a muerte, el sistema.

No entiendo que hace una estrella roja en algunas banderas independentistas. La estrella roja significa socialismo, en su acepción original, es decir no la birria que hay ahora.

Y el socialismo en su origen propugna la lucha de clases, es decir la división de la sociedad por clases, nunca por territorios.

Más sencillo aún, en una concepción pura y clásica de la izquierda de verdad, a mi me resulta indiferente que un determinado señor viva aquí o allá, lo único que me interesa es a qué clase social pertenece.

La idea, siempre hablamos del original,  sería que quienes pertenecen a determinada clase luchasen juntos contra el enemigo común, nunca entre ellos.

Porque en lo que se refiere a los estados aún estamos lejos de su sustitución completa por estructuras internacionales (de hecho últimamente y debido a la crisis se dan movimientos centrífugos). Sin embargo lo que son las estructuras del poder, si son al día de hoy internacionales.

Con lo cual, cambiar el gobierno o ser o no independiente no es más que cambiar de gobernador civil, a lo sumo.

Obviamente, el nacionalismo atenta también contra otro pilar básico de la izquierda (la de verdad), el cuestionamiento de la propiedad privada.

Y es que el nacionalismo (me da igual el español, el catalán o cualquier otro) parte de la base de que existen territorios que son “más de uno que de otros” lo cual desde luego es incompatible total y absolutamente con esloganes tan típicos hace tiempo como “la tierra para el que la trabaja” 

Pero ese no es el tema, insisto, todo Dios es muy libre de defender lo que quiera, lo que me INDIGNA sobremanera y ya me pasaba con la izquierda abertzale, es que se pretenda ir de socialista (los abertzales incluso hablaban de marxismo y maoísmo) cuando se está diciendo que el fin último de la independencia (o uno de los principales) es mirar de vivir mejor.

Si se defiende el sistema capitalista, el deseo independentista, tal como viene ahora formulado, es total y absolutamente coherente y legítimo y de hecho, quienes se oponen a él desde la derecha carecen de argumentos.

Asimismo no perdamos de vista que aunque nominalmente se llamen de otra forma y quizás con la excepción de Izquierda Unida (que podríamos situarla en una posición de socialdemocracia escorada a la derecha), el resto de partidos independistas son de derecha y los de derecha no independentistas son nacionalistas españoles (o sea lo mismo).

Particularmente (y ya supongo que soy rarito) no puedo defender ni apoyar, venga de donde venga, nada que suponga legitimar a los poseedores de la charca o pretenda sustituir a unos propietarios por otros.

Creo en la distribución de la riqueza, no en su detentación sea por parte de unos o de otros y es por ello que jamás apoyaré ni secundaré nada que no tenga como propósito último (aunque me beneficiase, que tampoco es verdad) acabar para siempre con la propiedad privada de la charca.

Creo que lo comenté en algún post anterior, las carcajadas de los que realmente mandan,  viendo como las gentes se pelean entre ellas en lugar de contra ellos, deben ser increíbles.

Cundo se haga una cadena humana para declararnos independientes del FMI, de la Comunidad Europea, de Alemania y se abogue por superar las barreras de los estados y las naciones y cuando esa cadena la hagan personas (lo de “ciudadano” es una estafa) de diferentes territorios  entonces estaremos ante algo que valga la pena, de momento, para ir con los niños a pasar un día de fiesta al campo hay opciones mejores.

CADENA HUMANA

Hoy estoy con los símiles:

Ocasionalmente, todos hemos recibido una carta de nuestro casero, de una compañía de seguros o de un Banco diciendo que a partir del mes X, lo que pagábamos a A lo deberemos pagar a B.

Algunas veces, con la carta de marras, se nos ha ofrecido una explicación del porqué del cambio, al tiempo que se nos indican las bondades del mismo prometiéndonos iguales o superiores servicios a los que ya teníamos.

Lo normal es que estas cartas acaben en la basura y desde luego, lo que nadie hace nunca es apoyar ni a A ni a B, ni participar en el proceso que hace que A absorba a B o A se escinda de B.

Lo que sí se hace, a veces, es que un conjunto de "pagadores" o clientes de A o B se unen para quejarse y protestar contra el pésimo servicio de A de B o de ambos.

Mañana 11 de septiembre hay convocada una cadena humana en la que unos ciudadanos en lugar de unirse contra A, contra B y contra el resto de las letras del abecedario de los que gobiernan, pretende simplemente que B se escinda de A para ellos en lugar de servir a A sirvan a B!!!!!.

¡Que desperdicio de energía y que niveles de estupidez se han conseguido insuflar a los siervos!.

Por lo menos en la Edad Media cuando los siervos defendían los intereses de sus señores tenían una justificación, si no lo hacían eran carne de cadalso, ahora lo hacen gratis...

Una de las consecuencias nefastas de la democracia es que le han dicho a la gente que son ellos los que mandan y eligen a sus dirigentes y que son dueños de su destino y se lo han creído.

Sinceramente, cada vez me decanto mas por las tesis leninistas o directamente las del "despotismo ilustrado" que llevaron a sus teóricos a desechar el poder para "el pueblo" que, recordemos, para vergüenza y escarnio, en España gritaba "queremos las cadenas absolutistas".

Pero al menos "el pueblo" de aquellos años tenía la coartada moral de la miseria extrema y la incultura ¿cual se tiene ahora?.


CORRUPCIÓN

En estos momentos de rasgado de vestiduras, autos sacramentales, profesiones de fe y declaraciones airadas de todo tipo relativas a la corrupción generalizada que va aflorando, cabe preguntarse qué habría hecho la mayoría de la gente, incluido el qué suscribe, si hubiesen tenido la oportunidad.

Cuando nunca se ha tenido la oportunidad de ganar unos buenos dineros al margen de la Ley y sin riesgo aparente, es fácil golpearse el pecho y asegurar que jamás, en ningún caso y en ninguna circunstancia se habría actuado de esa forma.

Pero ¿y qué sucede cuando se observa que todo el mundo lo hace y efectuamos la reflexión, si yo no lo hago lo hará otro?.

Naturalmente ni justifico ni apruebo la corrupción, pero la condición humana es la que es y lo que es justificar puede justificarse cualquier cosa, desde el hambre para robar una gallina, hasta inmolar a 6 millones de judíos…

Quizás sea una cuestión de cantidad o una cuestión de estética, es decir depende de quien lo haga, pero  corruptos, picaros o listillos hay por doquier   y cabe preguntarse de nuevo, que harían muchos de los que abominan de los corruptos (incluido un servidor) si hubieran tenido la oportunidad de ganar pasta a espuertas.

Es decir, la cuestión no es haber delinquido o haber robado, sino que te cojan, capullo de mierda.

Este concepto hace muchos años que se tiene claro en el mundo de la delincuencia como pilar básico educativo. Si a tu hijo le pillan robando le metes dos ostias, no por robar sino por dejarse coger.

Y es que, a pesar de que vivamos en esta sociedad blandengue, ecológica, de buen rollito y de perroflautas afrancesados, la condición humana sigue siendo la misma.

Comprender esto puede sernos extraordinariamente útil para el futuro porque o bien vamos hacia un mundo Blade Runner o bien hacia un mundo totalmente controlado, con ciudadanos tipo suizos, austríacos o finlandeses (gregarios,  sumisos y fascistas), en el que tal vez se elimine la corrupción del pueblo pero no, desde luego,  la del poder y que nos hará añorar las épocas de los sobres.

Por tanto, está más que bien machacar a los corruptos, pero por primos y julandrones, no por haber robado.

En el mundo al que vamos,  va a ser una ventaja muy relevante saber como robar sin que nos pillen y ello por un motivo muy sencillo porque el que no aprenda a robar, a ser pícaro y a defraudar todo lo que pueda,  no va a poder sobrevivir y si no lo hace,  se volverá irremediablemente siervo, tonto útil, pieza del estado fascista, suizo, en definitiva.

Hay que señalar, no obstante y sentado lo precedente, que sí podemos establecer una diferenciación entre las formas de robar.

Por un lado estaría robar para sobrevivir o para vivir un poco mejor y por otro estaría el asunto de robar “de vicio”.

Robar “de vicio”, en este contexto, sería robar sin necesidad, robar para ser aún más rico. Robar cuando ya se tiene todo o casi todo.

En este caso, en realidad, volveríamos a mi teoría, al corrupto y ladrón no hay que guillotinarlo por eso, sino por gilipollas. “Pa que te metes en esos jardines sin necesidad pringao!!.

La cuestión clave es que la sociedad entera, es decir el sistema en sí mismo, como he teorizado en entradas anteriores, se basa justamente en el robo y la corrupción.

Es decir el hecho que haya ricos y pobres (sean pueblos o personas) se basa pura y simplemente en el robo, la corrupción y el asesinato.

En este escenario, pretender que la gente no robe o no se corrompa es un ejercicio de hipocresía descomunal.

Solo en una utópica e imposible sociedad justa e igualitaria (comunista o anarquista en el sentido más utópico del término) existiría el deber moral y la subsiguiente exigencia de erradicar la corrupción, en la sociedad actual ello supone simplemente que solo puedan robar, amparadas por la Ley, determinadas personas y no otras.

Por tanto, cuando sale por la tele el típico talibán enrealidadfollaniños, martillo contra la corrupción y equiparando a Bárcenas con cualquier ciudadano que cobra en negro,  habría que decirle que tanto Bárcenas como el ciudadano que cobra en negro hacen lo que tienen que hacer y lo que deben hacer, intentar salvar su propio culo frente a estructuras de poder inamovibles que se sustentan pura y simplemente en lo mismo.

Bárcenas, Urdangarín, Amy Martin…., ¡a  la hoguera con ellos!....pero por imbéciles y por no haber robado con arte y discreción…gilipollas.

LA VACA QUE NO SE REPARTIÓ EL HENO

En el pueblo de mi madre  se cuenta una historia, seguramente un chascarrillo, en los siguientes términos:

Un labrador tenía que irse de viaje durante un mes. Tenía una vaca. Como quiera que no debía tener amigos o, como buen gallego, no quería pedir favores a nadie, dejó a la vaca heno para un mes entero diciendo “que se lo reparta”. El hombre volvió al mes y la vaca había muerto de hambre ya que probablemente se comió todo el heno el primer día.

El concepto es más que interesante, la vaca no tiene consciencia de futuro, solo conoce el aquí y el ahora.

Seguramente ningún animal lo tiene,  ya que incluso aquellas especies que acumulan comida para el invierno lo hacen fruto de la adaptación al medio y no con realmente una consciencia de futuro.

Toda nuestra sociedad se basa en el concepto de futuro. El ser humano actúa en función de determinadas expectativas, esperanzas o previsiones.

Cuanto mejores son estas previsiones o esperanzas más estable y “conservadora” (de hecho en ambos sentidos, el literal y el político) se vuelve la sociedad. Se quiere conservar para el futuro, se hacen planes, se ahorra y se adquieren bienes raíces, esto es el futuro, echar raíces.

Pensemos por un momento que nos dijesen que el mundo se va a  acabar en 3 días porque viene derechito un cometa asesino, es evidente que la sociedad se descompondría instantáneamente.

Las gentes de los países pobres, cuyo futuro es más que incierto, abundan en este concepto, se busca lo inmediato porque el futuro es inexistente y es absurdo no ser feliz hoy, si se puede, porque el mañana no existe.

Es lo mismo que la lotería, si eres un mendigo y te dan una limosna de 20 euros lo más normal es gastárselo todo en una quiniela o en la primitiva, no existe otra forma de salir de pobre.

Este concepto explica, a mi juicio, la muletilla que se repite a menudo y con cierta retranca: “Si, mucha crisis, mucha crisis, pero los bares están llenos y el fin de semana y las vacaciones todo el mundo sale”.

También explica por qué en el Sur, por lo menos a ojos de los alemanes y otros bárbaros, somos felices cuando debiéramos arrastrarnos como siervos de la gleba a sus pies pidiendo misericordia por nuestra reconocida molicie; en el Sur (salvo breves periodos de tiempo) vivimos con la sensación de cierta provisionalidad. El clima también influye, no hemos de guardar nada para el invierno…..

Por tanto, el comentario en cuestión, lejos de revelar una contradicción o algo inexplicable, demuestra justo lo contrario, a mayor gasto en ocio y mayor “desmadre” en el gasto mayor crisis.

No es nada nuevo, ya existió antes y ya se analizó antes ese fenómeno. Ahora reto a mis doctos pero escasos lectores a que identifiquen el siguiente fragmento que habla justo de eso mismo:

 

Algo más me fue dado observar todavía: la brusca alternativa entre la ocupación y la falta de trabajo y la consiguiente eterna fluctuación entre los ingresos y los gastos, que en muchos destruye a la larga el sentido de economía, así como la noción para un modo razonable de vida.

Parece que el organismo humano se acostumbra paulatinamente a vivir en la abundancia en los buenos tiempos y a sufrir de hambre en los malos. El hambre destruye todos los proyectos de los trabajadores en el sentido de un mejor y más razonable modus vivendi. En los buenos tiempos se dejan acariciar por el sueño de una vida mejor, sueño que arrastra de tal manera su existencia que olvidan las pasadas privaciones, después que reciben sus salarios. Así se explica que aquel que apenas ha logrado conseguir trabajo, olvida toda previsión y vive tan desordenadamente que hasta el pequeño presupuesto semanal del gasto doméstico resulta alterado; al principio, el salario alcanza en lugar de siete días, sólo para cinco; después únicamente para tres y, por último, escasamente para un día, despilfarrándolo todo en una noche.

A menudo la mujer y los hijos se contaminan de esa vida, especialmente si el padre de familia es en el fondo bueno con ellos y los quiere a su manera. Resulta entonces que en dos o tres días se consume en casa el salario de toda la semana. Se come y se bebe mientras el dinero alcanza, para después de todo soportar hambre durante los últimos días.

Viniendo de quien viene este análisis y lo que sucedería después, el futuro no parece desde luego esperanzador…

BLISTERS

Una de mis pasiones son, o estrictamente eran,  las ferreterías. Aquel señor vestido de azul o gris que era capaz de encontrar la arandela o el tornillo correcto y específico en uno de los múltiples cajoncitos o buceando en aquellos catálogos inmensos con tapa metálica,  me fascinaba.

Quien haya visto alguna de las pelis de Harry Potter se hará una idea con  Olivanders, la tienda de varitas.

Pero hace ya tiempo que las ferreterías se transformaron en supermercados con la mayoría de los productos empaquetados en blisters.

La cosa tiene una parte buena, ahora pueden verse productos que antes permanecían escondidos en aquellos cajones misteriosos o en alguna oscura trastienda, pero el problema es que se ha perdido la posibilidad de comprar estrictamente lo que necesitábamos.

Antes necesitabas una arandela y comprabas una arandela que el ferretero te envolvía en un pedazo grasiento de papel de periódico, hoy tienes que comprar un blíster con 30 arandelas que seguramente no volverás a necesitar jamás.

Hay excepciones, recuerdo el pasado verano en una remota ferretería de pueblo a la que llevé el rebosadero  entero de un inodoro, acostumbrado a que en las ciudades es prácticamente imposible cambiar solo la goma (que es lo que estaba mal) ya que siempre te dicen que hay muchos fabricantes, que ese modelo ya no existe…..

El ferretero, tras observar la pieza (que yo pensaba sustituir entera a un  precio no inferior a 10 €) me miró con sumo desprecio y deslizó una goma en el mostrador. Son 60 céntimos, dijo. Su mirada y su gesto eran elocuentes.

Lo que ha pasado con las ferreterías ha pasado con todo en general. Actualmente todo viene en blíster, más cómodo, más práctico y más superfluo.

Las ideologías, o los partidos que dicen representarlas,  han perdido su esencia o, si se prefiere, su elemento diferenciador o su utopía.

En una sociedad mercantilizada y mediatizada interesa lo simple, lo sencillo, lo concreto, lo inteligible para la mayoría. No interesan ideas generales ni proyectos generales, interesa el aquí y el ahora.

Y se ha vendido bien, no queremos palabrería, queremos actuaciones concretas y proyectos concretos, no interesan utopías, interesan realidades.

Así las cosas, los partidos han empaquetado sus ideas en blisters asequibles y vistosos, con 3 ó 4 contenidos o mejor dicho muletillas recurrentes que son las que, al parecer,  los definen y diferencian de los demás.

Me explico, por ejemplo, ser de izquierdas o de derechas no implica creer en  determinado proyecto o concepto de la Sociedad (PORQUE NO LO HAY, O SI LO HAY ES PRÁCTICAMENTE EL MISMO EN LA DERECHA Y EN LA IZQUIERDA), sino aceptar y recitar determinados mantras.

Pero como aprenderse estos mantras puede resultar complicado,  existe un sistema mucho más sencillo. Si se es de izquierda se sigue a pies juntillas lo que dicen los partidos de izquierda y los medios de comunicación afines, si se es de derecha los de derecha.

No se analiza, no se intenta comprender de lo que hablan o a lo que se refieren unos y otros en cuestiones (en ocasiones) bastante complejas, se acepta, sin discusión el mantra, la Palabra de Dios.

La gente es capaz de posicionarse a favor o en contra de constituciones y leyes que ni  ha leído y que si las leyese tampoco entendería, de conceptos económicos ininteligibles incluso para especialistas y, en definitiva,  de absolutamente todo y ello basándose en algo muy simple, si esto lo defiende fulano y fulano me cae bien o interpreto que es cercano a lo que a mí me gusta ser o dar la imagen de…esto debe ser lo correcto.

Quizás lo más perverso de este maniqueísmo es la absoluta imposibilidad, so pena de anatema y estigmatización inmediata, de lanzar una opinión que no esté incluida en el blíster o mucho peor aún, que esté en el blíster de un adversario. La admonición es inmediata y letal “esto que estás diciendo es lo mismo que dice el PP o Jiménez Losantos o Anguita…..”. Sobran los comentarios o los matices, es herejía y punto.

Por tanto, si queremos ser felices, integrados en un determinado “grupo” o tendencia y ser reconocidos como tales, sin sospechas de traición o tibieza,  no solo hay que aceptar y repetir los mantras incluidos en el blíster que hemos elegido,  sino tener sumo cuidado en no verter una opinión que coincida sustancialmente con un mantra incluido en el blíster de otro grupo.

Si añadimos a los ya de por sí raquíticos  conceptos empaquetados en blíster la imposibilidad antes aludida, resulta ser que los conceptos y opiniones que podemos manejar en la práctica para estar “integrados” o que se nos inserte en el grupo que hemos elegido estar son prácticamente inexistentes.

O dicho de otro modo, el posicionamiento político actual no es más que una camiseta de verano, una moda o una pose para distinguirnos de los demás, como llevar el pelo largo o corto o determinada ropa.

Como obviamente no voy a caer en lo que denuncio, aprovecho para comentar, sin rubor alguno,  que este concepto acerca de la degradación de las ideas lo analizó y bastante bien, por cierto,  el ideólogo del régimen franquista Gonzalo Fernandez de la Mora en su obra (con uno de los títulos más sugerentes que he oído jamás) “El crepúsculo de las ideologías”.

Naturalmente de la Mora llevaba el agua a su molino y muchos de los razonamientos que utiliza son infumables, pero ya vaticinaba, en los lejanos años 60, que estaba pasando con las ideas (que el contraponía a “ideología”, que sería la hija bastarda de aquellas).

La cuestión es que si las ideologías vienen el blíster, sin referencia alguna a una idea o concepto superior y con la obsesión de, bajo ningún concepto, lanzar un mantra que pertenezca a otro blíster,  al final no hay manera de entender nada ni posibilidad real de discutir sobre nada porque lo que impera son “prietas las filas y firme el ademán”.

Un ejemplo de rabiosa actualidad ilustra este concepto. Particularmente, siempre he estado en contra del sistema educativo en Cataluña ya que a mi juicio genera analfabetos funcionales por lo que al castellano se refiere y aunque tiene no pocos detractores y dicen que no integra, sino que separa, me decanto por el sistema educativo de Euzkadi.

Pues bien, en el actual “status quo”, insinuar esta cuestión es objeto de inmediata descalificación “¿Entonces defiendes a Wert?”, te soltará inevitablemente el avieso contertulio. Con lo cual toda posibilidad de discusión queda cercenada.

Si queremos ser felices, apreciados y reconocidos socialmente (dentro del grupo al que queramos pertenecer) no queda otra que recitar sus mantras, olvidar cualquier atisbo de autocrítica y expulsar inmediatamente a cualquier hereje.

Particularmente y aunque por ello tenga que pagar frecuentemente un considerable precio, continuaré intentando comprar arandelas sueltas y no blisters de ningún tipo. Raro que es uno…